La institución del totalitarismo en forma democrática

María Eugenia Cisneros: Abogado, egresada de la UCV, con licenciaturas en Estudios Internacionales y Filosofía por la UCV, candidata a doctora  en Filosofía por la Universidad Simón Bolívar (USB).

            Comenzaré enumerando algunos de los planteamientos que Giorgio Agamben expone en forma de denuncia: 

1) La animalización del hombre es una tendencia de la modernidad. Un ejemplo de ello lo constituyen los campos de concentración creados por los nazis para reducir a los judíos a una mera funcionalidad biológica, exterminando cualquier gesto de humanidad.

2) La democracia moderna fracasó en su intento por establecer los derechos y la libertad como principios fundamentales de la institucionalidad. Ha sido tomada por las fuerzas totalitarias, perdiéndose la línea de demarcación entre la democracia y la no democracia. La consecuencia de este hecho es que el totalitarismo se instituye en forma democrática.

3) Existe un estado de excepción impuesto —una zona de indiferenciación—, en el cual se difuminan los límites, las fronteras y las distinciones. En esa área, lo humano es devorado por lo animal, el derecho está sujeto a los hechos y la política es invadida por la biopolítica.

4) El poder en el estado de excepción se atribuye arbitrariamente la decisión de eliminar la dimensión humana en el hombre y reducirlo a sus funciones biológicas. Además de Hitler y del exterminio judío, también podemos ejemplificar con casos contemporáneos: Hugo Chávez, Nicolás Maduro y lo que se vive en Venezuela, China y el coronavirus, la Rusia de Stalin y ahora la de Putin.

Estado de excepción

Carl Schmitt en su libro Teología política (2009) afirma que “soberano es quien decide sobre el estado de excepción […] por «estado de excepción» se entenderá un concepto general de la doctrina del Estado” (p.13). La soberanía consiste en el poder de decidir efectivamente sobre el estado de excepción y este plantea una situación política y no jurídica.

Cuatro son los aspectos que confluyen cuando se pone en entredicho el fundamento jurídico institucional: 1) soberano: ¿quién es el sujeto de carne y hueso que lo encarna?, 2) la potestad efectiva de ese sujeto para decidir, 3) la declaración de un estado de excepción y 4) la imposición del hecho sobre el derecho.

            Del propio movimiento de la realidad surgen situaciones que colocan en riesgo la existencia del Estado y este para protegerse tiene que dar respuesta inmediata a tales acontecimientos. Estos hechos para ser considerados de peligro inminente contra la institucionalidad establecida tienen que ser públicos, visibles. Generalmente, se los señala como circunstancias de extrema necesidad. Le corresponde al soberano calificar la situación de hecho y en consecuencia declarar el estado de excepción para preservar la estructura jurídico-política establecida. La manifestación de este fenómeno, según Schmitt, devela el problema central de la soberanía.

            La Constitución, en su normativa, prevé el estado de excepción y enumera, en el supuesto de hecho de la norma, los casos en los que se debe invocar; pero, en definitiva, es el soberano el que decide si se trata o no de un estado de excepción y cuáles son las acciones a realizar para defender el Estado.

De allí que, el estado de excepción da cuenta de aquella situación en la que el sujeto, que ejerce el poder amparado en los artículos de la Constitución con el fin de resguardar el Estado, suspende por un tiempo específico el orden jurídico establecido, debido a que la institucionalidad pública está amenazada y corre peligro. Y esto hace que el soberano quede fuera del orden jurídico vigente sin dejar de pertenecer a este porque en su persona recae la toma de decisión[1].

            Partiendo del planteamiento de Carl Schmitt, Agamben (2006) ubica la paradoja de la soberanía en los siguientes términos: “La ley está fuera de sí misma, o bien: yo, el soberano, que estoy fuera de la ley, declaro que no hay un afuera de la ley”. Esta aporía requiere ser examinada para establecer los límites de funcionamiento del orden jurídico-político institucional. Lo que la excepción cuestiona es la validez de esa estructura que le da soporte al Estado.

De este modo, el fundamento del poder originario lo constituyen los hechos que determinan la decisión del soberano. En la excepción reinan los hechos sobre el derecho. Y es este fenómeno el que le interesa analizar al filósofo italiano para mostrar que los totalitarismos y las democracias modernas coinciden en la institución del estado de excepción en su función organizativa. La fuente de la conversión de la política en biopolítica consiste en la pérdida de límites entre el derecho y los hechos que produce una indiferenciación que hace visible la excepción.

            La excepción es la esfera que se manifiesta cuando se suspende el orden jurídico establecido[2]. El rasgo que la define como tal es que, a pesar de la desaplicación del marco jurídico vigente, mantiene un vínculo con este y la excepción pasa hacer derecho. Por esta razón, el estado de excepción es una exclusión-inclusión y en esto radica la paradoja. Se excluye el orden constitucional establecido, se incluye el estado de excepción y lo incluido tiene relación con lo excluido. Esta conexión inviste a la excepción de derecho[3].

Esta inclusión mediante la exclusión es la expresión de la pérdida de límites entre el derecho y los hechos[4]. Esta atmósfera de indiferencia es el fundamento que le da validez a la decisión del soberano. La excepción es la fuente que insufla el poder que encarna el soberano. Esta condición para el filósofo italiano revela que el derecho nace de la fuerza, la violencia, porque lo jurídico incluye lo no jurídico[5].

El estado de excepción disfraza la violencia de un aparente derecho. La exclusión de la violencia por el ordenamiento jurídico normal es incluida por el estado de excepción como una norma, y es aquí cuando las fronteras se difuminan, los límites se borran, el hecho y el derecho se confunden[6]. Se impone el reino de la violencia mediante un falso derecho. En esta zona de indiferenciación, el soberano decide quiénes viven y quiénes no[7], y esta determinación es posible porque su poder se ejerce en un terreno[8] donde la vida de los seres humanos está expuesta a la muerte, la ley los ha abandonado[9].

Utilicemos un ejemplo actual del funcionamiento del estado de excepción en Venezuela. Ante la situación de pandemia declarada por el coronavirus y la urgencia de realizar el plan de vacunación, la decisión del poder hegemónico es la siguiente: para que usted tenga acceso a la vacuna debe registrarse en la Plataforma Patria o en el Ministerio del Poder Popular para la Salud, instituciones creadas por el Gobierno Bolivariano de Venezuela y supervisadas por quienes tienen el dominio. Una vez realizado los pasos impuestos por el Estado, la persona tiene que esperar que le envíen un mensaje con la fecha, hora y lugar donde le colocarán la vacuna. Aquellos que no sigan estos pasos, no serán vacunados. El que está en el poder decide quiénes serán o no favorecidos con la vacuna, por lo que la resolución se produce en una esfera que toca directamente la vida humana. Una vez más, el poder interviene en la vida para oprimir.

Giorgio Agamben muestra las contradicciones presentes en el origen de Occidente que se reflejan en la democracia moderna:

1) En el ámbito jurídico: el estado de excepción es, una figura contemplada en el cuerpo legal del Estado de derecho que es aporética, una norma que regula los supuestos de hecho en que esta puede ser suspendida.

2) En el ámbito político: la legitimidad del ejercicio del poder, aquello que determina la razón de ser del poder. En la concepción clásica, la conformación jurídico-política del Estado era el fundamento legítimo del poder, pero esta estructura cayó en decadencia y progresivamente fue sustituida por otro tipo de lógica de poder: la incorporación de la vida en los cálculos del ejercicio político. Ahora la legitimidad del poder consiste en su técnica dispositiva para intervenir la vida en su totalidad.

3) Lo jurídico y lo político se manifiestan en el estado de excepción. Lo no-jurídico se muestra jurídico. Vida y poder conforman un binomio indisoluble. Democracia y totalitarismo coinciden. La fuerza del poder proviene del dominio de la vida.

Referencias

Agamben, G. (2006). Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida I. Valencia: Pretextos.

Schmitt, C. (2009). Teología política. Cuatro capítulos sobre la doctrina de la soberanía. Madrid: Editorial Trotta.


[1] “Cae, pues, fuera del orden jurídico normalmente vigente sin dejar por ello de pertenecer a él, puesto que tiene competencia para decidir si la Constitución puede ser suspendida in toto” (Schmitt, 2009:14).

[2] “La excepción es una especie de la exclusión. Es un caso individual que es excluido de la norma general” (Agamben, 2006, p. 30).

[3] “… No es la excepción la que se sustrae a la regla, sino que es la regla la que, suspendiéndose, da lugar a la excepción y, solo de este modo, se constituye como regla, manteniéndose en relación con aquella (…) llamamos relación de excepción a esta forma extrema de la relación que solo incluye algo a través de la exclusión” (Agamben, 2006, p. 31).

[4] “La situación creada por la excepción, tiene, por tanto, la particularidad de que no puede ser definida ni como una situación de hecho ni como una situación de derecho, sino que introduce entre ambas un paradójico umbral de indiferencia. No es un hecho, porque solo se crea por la suspensión de la norma; pero, por la misma razón, no es tampoco una figura jurídica particular, aunque abra la posibilidad de vigencia de la ley” (Agamben, 2006, p.31).

[5] “… La excepción soberana (como zona de indiferencia entre naturaleza y derecho) es la presuposición de la referencia jurídica en la forma de suspensión…” (Agamben, 2006, p. 34).

 [6] “… La excepción (…) es la estructura originaria en que el derecho se refiere a la vida y la incluye en él por medio de la propia suspensión…” (Agamben, 2006, p. 43).

 [7] “… La decisión soberana traza y renueva cada vez este umbral de indiferencia entre lo externo y lo interno, la exclusión y la inclusión, nómos y physis, en el que la vida está originariamente situada como una excepción en el derecho. Su decisión nos sitúa ante un indecidible” (Agamben, 2006, p. 42).

[8] “El que ha sido puesto en bando no queda sencillamente fuera de la ley ni es indiferente a esta, sino que es abandonado por ella, es decir que queda expuesto y en peligro en el umbral en que vida y derecho, exterior e interior se confunden…” (Agamben, 2006, p. 44).

[9] “… En este sentido en el que la paradoja de la soberanía puede revestir la forma: no hay un afuera de la ley. La relación originaria de la ley con la vida no es la aplicación, sino el abandono…” (Agamben, 2006, p. 44).