Prospectiva, Nación y Futuro

Alejandro Oropeza G. Abogado. Master Planificación, mención Políticas Sociales, CENDES-UCV. Doctor y Magíster en Ciencia Política de la USB. Profesor e investigador UCV, CENDES, USB y del CEPyG-UCAB.

@oropezag

“La nación está siempre o haciéndose o deshaciéndose.

Tertium non datur. O está ganando adhesiones o las está perdiendo,

según que su Estado represente o no a la fecha una empresa vivaz”.

José Ortega y Gasset.

“La rebelión de las masas”. 1930.

  1.  

Cuando hablamos de prospectiva, hablamos de futuro y de imaginación, de consideración de los hechos que definen el presente para, sobre esa base, intentar avizorar cómo serán los tiempos por venir de una sociedad, país o nación. Esos ejercicios de prospectiva en oportunidades se hacen en un entorno tranquilo, que evoluciona en atención y de acuerdo a una idea compartida en un espacio público integrado y plural; pero, calmado no significa que sea consensual absolutamente y que, por tanto, no existan divergencias y criterios contrapuestos; sino que tales oposiciones se discuten, plantean y analizan en atención a un interés público abierto, en el cual la acción comunicativa desempeña un rol estelar. En otras ocasiones, el ejercicio de imaginar futuro ocurre en un entorno altamente conflictivo, en el cual las opiniones se contraponen acerbamente, en donde un sustrato ideológico dogmático y maniqueísta define las opciones con base a la polarización, la confrontación y la consideración de los adversarios, como enemigos. En este último caso, regularmente, una de las partes entiende al futuro como objeto de planificación exclusiva estadal, basada en una ideología que se asume como poseedora de la verdad y la historia. Como de inmediato se puede imaginar, la “idea” de futuro es más plural y compartida en el primer caso, además de posible; mientras que, en el segundo, al no ser socialmente asumida, acompañada e internalizada en ese espacio público confrontacionalmente violento, dicha “idea” se diluye y, por consiguiente, se extravía. La solución es imponerla a través de la violencia, la propaganda y la mentira. También se aprecia, que aquella idea de futuro objeto de planificación ideológico-dogmática, reinterpreta los aspectos que definen la tradición por lo que no posee sustrato cultural-histórico sino postnacional-político.

               Para “imaginar” futuros posibles, para estimar prospectivamente cómo podría ser una sociedad, un país en el corto o mediano plazo, es necesario considerar y analizar las variables que definen y caracterizan al presente. Ese presente que debe, necesariamente, cambiar y, a su vez, redefinir ideas de porvenir que se deben ir acordando y cumpliendo sucesivamente. En general, no siempre, un presente próspero, promisorio, compartido avizora posibilidades de construcción conjunta sobre un acuerdo mínimo que, de una u otra manera, se soporta en una esperanza más o menos común y en las capacidades disponibles en ese momentum. Como bien decía Ortega y Gasset: sin una idea de futuro no existe nación.

Así pues, desde esta perspectiva ¿es posible hacernos una idea del futuro cercano para Venezuela? Veamos, revisemos algunas consideraciones.

II.

Uno de los aspectos clave que se debe tomar en cuenta es la capacidad de representación ciudadana y de intermediación posible entre la Sociedad y el Estado a través de su órgano, el sistema de gobierno; la calidad y alcance de esa representación; y el nivel de confianza que esa sociedad tiene en tales procesos y en los actores llamados a ejecutarla.

               En el caso de Venezuela es muy complejo este análisis, más allá de la certidumbre del bajo nivel de confianza tanto en los medios de intermediación, que no son otra cosa que los mecanismos de participación y expresión ciudadana; como en los actores individuales y corporativos llamados a ejercer la representación política. Decimos más allá, por cuanto estos procesos o mecanismos, como se les quiera denominar, hoy día operan desde diversos ámbitos, todos caracterizados por una muy baja efectividad en las decisiones que permitirían la atención a los problemas y demandas que integran la agenda social de los ciudadanos. El primero de ellos, constituido por los procesos relacionados con la representación y la intermediación entre la sociedad y el régimen usurpador en ejercicio; proceso que, en su operacionalización, desde el principio fue absurdamente segmentado por el propio régimen, priorizando la atención, no a demandas, sino a acciones políticas dirigidas prioritariamente (sino exclusivamente) a sectores que apoyaban o simpatizaban con la denominada “revolución”. De esta manera, se iniciaba la fractura del espacio público social, impactado por un vicio político: el clientelismo. El cual se manifiesta en dos direcciones: desde la ciudadanía y desde el régimen hacia la ciudadanía. El segundo ámbito, que abona a favor del abandono del espacio público, se refiere a las posibilidades “reales” de intermediación entre una parte de la sociedad; y la capacidad real de respuesta POLÍTICA del denominado “gobierno interino”, de la agenda social. Agenda, asimismo segmentada e integrada por demandas procedentes, ya no solo desde dentro sino también desde fuera del país; y, la cual (punto altamente positivo en su momento) se componía por diversas demandas asociadas con el ejercicio político-ciudadano y de inicio de procesos de recuperación y rutinización democrática. Pero, aun cuando la evidencia ya determina altos niveles de ineficiencia e ineficacia de las decisiones, en oportunidades a través de políticas públicas, un tercer ámbito surge, consecuencia del impacto que genera lo que Tomás Páez, entre otros, denomina la “nueva geografía nacional”, que asimila la realidad demográfica y política de la existencia de una diáspora integrada por más de siete millones de venezolanos regados por el mundo, la cual es titular de derechos ciudadanos tradicionales; y reclama el ejercicio de derechos ciudadanos y políticos emergentes e igualmente insatisfechos. En dicho ámbito, como es de esperar, se presentan reclamos de intermediación ciudadana de ante uno y otro gobierno venezolano (la paradoja: régimen usurpador / gobierno interino); así como ante otros países y órganos multinacionales; diversificando la agenda de demandas a niveles dramáticos.

               Es en esos ámbitos donde se perfecciona una realidad de desconfianza hacia los actores llamados a intermediar y representar políticamente las demandas sociales; pero, ahora dentro y fuera del país. Así entonces, la percepción de ineficiencia de las políticas públicas generadas por la mayoría de actores políticos; la apreciación de una conducta amoral, de tirios y troyanos, en un entorno altamente crítico y difícil para la sociedad; aunado a un hecho determinante, el cual es: el abandono del espacio público en casa; y, la aparición de lo que podríamos denominar un meta-espacio público, asociado a nueva geografía nacional, define ese presente al cual se hace referencia párrafos previos.

III.

La consecuencia inmediata, se ratifica, que trae la erosión/pérdida de los niveles de confianza hacia los actores políticos y hacia la institucionalidad pública, es el abandono por parte de la ciudadanía del ámbito de lo público que, según Hannah Arendt, es el espacio de lo político y de lo comunicacional, en el cual se renuevan y evolucionan los pactos sociales y se legitima el ejercicio del poder, basado en acuerdos y que se opone a la violencia instrumental de las autocracias; además, es el “espacio de aparición” de liderazgos (políticos y/o comunitarios) provenientes de la sociedad. Entonces, los individuos y los grupos de interés, al abandonar este espacio, se despojan de su cualidad ciudadana renegando de la posibilidad de ejercer mecanismos cívicos de participación política; y se refugian (aíslan) en el ámbito privado de la satisfacción de necesidades individuales o bien grupales segmentadas, desestimando la posibilidad de intercambiar políticamente con otros actores. Así, niegan o dificultan la posibilidad de legitimar la aparición de nuevos actores y liderazgos que bien podrán conducir y estimular la necesaria reocupación de dicho espacio. Esas, entre otras consecuencias.

               En el caso venezolano ocurre una realidad que bien puede transformarse en ventana de oportunidad, en una esperanza para construir una renovada ciudadanía, ese hecho es: la aparición de un meta-ámbito público, más allá del territorio nacional, al cual se adhieren buena parte de los más de siete millones de venezolanos esparcidos por el mundo. Procesos de adhesión que es necesario analizar e investigar. Ámbito emergente que, al no estar afincado en el propio territorio, acuña una idea renovada e innovadora de nación, fresca y estimulante para la atención y contribución positiva de la evolución de los procesos que se viven dentro del país; es, en definitiva como decíamos, una oportunidad. Ese meta-ámbito público se corresponde con aquel ámbito de intermediación identificado en la primera parte de esta entrega, ese que dirige su acción hacia órganos políticos fuera del país de origen y desde fuera del país de origen; que estructura una nueva concepción dinámica e innovadora de ciudadanía; y que, bien puede estimular la reocupación del espacio público nacional a través de: procesos de pluralidad y reconocimiento de diversos convergentes; la posibilidad de generar espacios novedosos de aparición de nuevos liderazgos dentro y fuera del país; iniciativas frescas, honestas y estimulantes de acción política y comunicacional que hagan viable y estimulen el ejercicio de derechos ciudadanos con arreglo a fines; entre otras particularidades.

               Dentro de las complejas realidades (el tema de la complejidad es clave en este análisis pero, escapa de la posibilidad de ser abordado acá) que definen las relaciones de la sociedad con los actores y la institucionalidad política, la emergencia de un meta-espacio público es una buena noticia por constituir en sí misma una oportunidad para generar y estimular la producción de acciones políticas y comunicacionales innovadoras, que reconstruyan paulatinamente la confianza en la representación y la intermediación Sociedad-Estado. Pero, es necesario identificar muy rápidamente ¿qué es lo que ha pasado? Pasó y pasa, que se estancó la capacidad de respuesta a la agenda social por parte del Estado y de los actores políticos tradicionales (por las razones que fuese, ese no es el punto acá); pasó, que la ciudadanía, a partir de cierto momento, no tuvo herramientas válidas para diferenciar claramente a partidos y actores políticos del régimen y de la oposición, pues la percepción de que compartían los vicios públicos se instrumentalizó y se generalizó; pasó, que la corrupción se extendió dentro del país, arrasando las posibilidades del accionar social-ciudadano rutinario ante los órganos del Estado y, que esa práctica también se percibió como hecho común de parte del liderazgo opositor dentro y también fuera de las fronteras, emergió entonces una extraterritorialidad complementaria para la corrupción y la irresponsabilidad; finalmente pasó, que una parte de la sociedad civil organizada pretendió ocupar el espacio de los intermediadores políticos, lo que acarreó el riesgo de convertirse en juez y parte de procesos políticos, lo que a toda luz es inconveniente para los señalados mecanismos ciudadanos de representación e intermediación, al no diferenciarse fines políticos propiamente dichos, de fines sociales.

IV.

Entonces ¿qué responder a la pregunta sobre una idea de futuro promisorio para nuestro país? Varios puntos: debemos, como sociedad, destinar nuestras energías a reocupar el espacio público abandonado porque es la única manera de retomar las riendas de las relaciones Sociedad-Estado y abrir la posibilidad de un nuevo pacto o acuerdo social plural, dinámico, innovador y necesario. Se entiende que, por consecuencia de la gran emigración venezolana, se ha generado una nueva geografía nacional que supone la aparición de un meta-espacio público, que es, ciertamente, una oportunidad para articular y acordar procesos de avance en la concepción emergente de un nuevo esquema de relaciones sociales y políticas en el país. Estos espacios novedosos son el punto de inicio de la posibilidad de recuperar la confianza en los propios actores nacionales; pero, los actores políticos democráticos tradicionales (o no), tienen que depurar sus filas, constituir una fundamentación ética que sirva de ejemplo y guía a la sociedad, reconocer y estimular espacios de aparición dentro y fuera del país de liderazgos emergentes honestos y comprometidos con la realidad y el futuro. Y, estos liderazgos emergentes deben presentar un rostro honesto, ético, efectivo, organizado que genere confianza para guiar solidariamente a la sociedad hacia ese futuro de nación compartida. Quizás, podemos imaginarnos (es indispensable imaginar para actuar) que ese meta-espacio público que se extiende por el mundo tienda a unificarse, a inter-complementarse con el espacio tradicional venezolano, en donde iniciativas, ejercicios y posibilidades desde dentro y desde fuera reconstruyan la nación para todos los venezolanos: los que habitan en la Casa Grande y aquellos que comienzan a renacer y a nacer regados por el mundo. Una nueva Tierra de Gracia, más amplia y extensa y también, más propia y promisoria.

               Tenemos que asumir que la Venezuela que conocimos cambió, ese es un argumento indispensable para imaginar futuros como nación. Jamás seremos lo que fuimos, por siempre y para siempre… lo cual también es una oportunidad. Así, una gran diáspora venezolana estará regada eternamente por el mundo. Muchos venezolanos a partir de estos tiempos ya renacen, nacen y nacerán en lejanos confines del mundo, y debemos asumir eso como una circunstancia novedosa y positiva, una fortaleza que se debe administrar, conocer y reconocer. Se requieren entonces, liderazgos inéditos, éticos y frescos para una nueva nación ya no circunscrita, se insiste, al territorio de nuestra Tierra de Gracia original, con la impronta de acordar un nuevo esquema de futuro desde adentro y desde fuera, en un novedoso meta-espacio público venezolano.

               Tenemos una tarea: reconstruir la nación para tener futuro.